miércoles, 14 de abril de 2010

La República, por una regeneración democrática en España.

España se encuentra inmersa en un régimen político carcomido por la corrupción y la ineptitud. Gobernada por una partitocracia incapaz de dar respuesta a los graves problemas políticos y económicos de nuestro país: un Estado endeudado, débil, fragmentado, dominado por los poderosos y una ciudadanía harta que no se siente dirigida para enfrentarse a los cambios que exigen una verdadera democracia.

En momentos como este es cuando se nota la ausencia de una pujante sociedad civil: arrastramos déficits agudos en la educación, en ciudadanía y en el sentido participativo de la vida pública, valores imprescindibles para conformar un proyecto democrático nacional. No carece de cierta lógica que esto sea: de la tan loada Transición no han germinado las semillas de una sociedad democrática real. Muy al contrario, las ideas del esfuerzo y de la exigencia han permanecido desterradas de la vida española, sustituyéndolas por principios acomodaticios, para facilitar la supervivencia y el aprovechamiento de los herederos sociológicos del franquismo.

La doctrina oficial imperante argumenta que la República y republicanismo son únicamente asunto de historiadores y estudiosos y que no aporta nada al proceso político. La aceptación fatalista de esas tesis interesadas es el peor servicio que se puede prestar no solo a la causa republicana, sino, lo que es peor, a la apuesta por la recuperación de la integridad democrática. Las clases dirigentes españolas han hecho un ejercicio magistral de impostura con los valores democráticos, para conservar sus privilegios y ahondar en la exclusión social y fiscal, que son las consecuencias más llamativas de su mantenimiento.

El pensamiento republicano, hasta ahora ausente de la política española, podría aportar propuestas que enriquezcan las decisiones que se adopten en un futuro inmediato para solventar la actual crisis institucional.

En primer lugar, la estructura del Estado Autonómico. Apelando a la concepción republicana del Estado como instrumento para el progreso de la sociedad, habría que establecer límites claros y precisos al derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones cerrando definitivamente su marco de competencias. Ese nuevo marco competencial habría de basarse en la idea de reforzamiento de los poderes del Estado, como garante de la libertad y la igualdad de todos los españoles, recuperando para el Gobierno nacional y las Cortes Generales gran parte del poder perdido en educación, sanidad, vivienda y fiscalidad. Al mismo tiempo se deberían reforzar las competencias de los municipios, administración más cercana al ciudadano, a la vez que las comunidades autónomas deberían reestructurarse sin descartar la desaparición de algunas de ellas en beneficio de la eficacia y austeridad del poder público.

En segundo lugar, la partitocracia. Son necesarios cambios en las leyes electorales en los que se debe buscar, además, el acomodo de la representación de las Cortes Generales a la realidad nacional: hay que terminar con la dictadura de los partidos, sustituyéndola por la capacidad de decisión de los individuos, que son los que han de elegir y exigir la responsabilidad a las personas que consideren más capacitadas. El sistema electoral debe buscar la constitución de mayorías claras, que permitan la ejecución de las políticas de interés general sin las limitaciones ahora existentes, mediante listas electorales que, aun siendo presentadas por partidos políticos que aglutinen ideas, sean abiertas y permitan a los ciudadanos votar únicamente a aquellos que crean más capacitados para gobernar.

En tercer lugar, el Senado. Con el objetivo de reforzar el órgano de la soberanía popular, las Cortes Generales, estas quedarían reducidas a una sola cámara, el Congreso de los Diputados, suprimiendo el Senado por superfluo y estéril. Se volvería así a la tradición liberal democrática, propia de los periodos más abiertos de nuestra historia constitucional.

Y en cuarto lugar, la Jefatura del Estado. Un nuevo Estado, estructurado sobre los valores de la libertad, la igualdad y la fraternidad, no podría ser auténtico si no elige a su propio Jefe, por sufragio universal, directo y secreto, para convertirlo en representante genuino de la nación, asignándole las facultades ejecutivas precisas para el ejercicio de sus funciones constitucionales.

España forma parte de la Unión Europea, en la que los Estados sólidos, que tengan un claro proyecto nacional, gozan de preeminencia indiscutible. Nuestro país debe aspirar a ese objetivo y no puede continuar siendo rehén de quienes sostienen de forma dogmática que el régimen de 1978 es inalterable e inamovible. Al fin y al cabo es lo que hicieron, en su tiempo, otros socios nuestros de la UE, como son las grandes repúblicas de Alemania y Francia.

3 comentarios:

Jake dijo...

Muy interesantes tus reflexiones, Felipe. Creo que esos cambios que enumeras son realmente difíciles, por motivos históricos políticos y de filosofía política. Habría que ahondar en el sistema de División de Poderes, pero eso es difícil en una sociedad, como la española, de escasa tradición liberal. El papel del “Jefe del Estado” creación nominativa de la Guerra Civil Española, cuando todos los poderes militares y políticos recaen en Franco, y que, con la Ley de Sucesión recaen el Juan Carlos de Borbón, supone un cambio difícil aún: para ello habría que constituir una República Presidencialista, que sería el Ejecutivo, limitada por un Legislativo, (La Cortes), y un Poder Judicial, elegido también democráticamente. Pero los intereses del Poder son tantos, y el reparto oligárquico de la tarta tan exquisito, que el colapso dependerá de otros factores, tal vez internacionales. Nos falta una tradición liberal: no tuvimos ningún Emerson en el XIX, y sí muchos exilios y fanatismo. Nada que hacer. Puro pesimismo, Felipe. Lo siento.

Anónimo dijo...

palabras muy sabias, q se deberían adoptar de inmediato¡ojala tuvieramos políticos con mas expectativas q los q estamos soportando en estos momentos tan dificiles

Marcos Ortega dijo...

LO que pasa es que en este país hay mucho miedo al cmabio y todo el mundo piensa que las cosas están mejor así como están, que podemos armar otra segunda guerra civil en un momentito. Además, existe la creencia estúpida de que una república nos volvería radicales de izquierda, cuando la gente no entiende que la república es otra cosa.